LA ESTATUA DE PIGMALIÓN
Escrito por Webmaster Plataforma, lunes 11 de mayo de 2015 , 22:36 hs , en Aula Santa Lucía Adolescentes


        Afrodita, diosa del amor, era una joven de Chipre muy querida por todos. Pigmalión, rey de esta isla, la adoraba y cuidaba con orgullo del templo que rendía culto a la diosa.

Pigmalión era un joven escultor de hermosas estatuas y todos lo consideraban como el mejor de toda la isla de Chipre, con lo que sus esculturas no podían compararse con ninguna otra obra.

 Pero, a pesar de esto, Pigmalión no era feliz.

Como artista que era, buscaba la perfección en todo lo que realizaba. Por eso, quería como amiga alguien que fuera hermosa de cuerpo, y de espíritu y que le quisiese de  verdad.

Una mañana, Pigmalión salía a pasear erguido sobre su carro dorado ante varias jóvenes, guiado por seis caballos negros como la noche. Ellas se acercaban para hablar con él.

 Como buen caballero, las saludaba y  las invitaba a subir  a su carro contento y con gesto alegre. Ellas también estaban contentas.

 Tras muchas risas, subían al elegante carruaje. Pigmalión conversaba con ellas sobre temas sin importancia y querían pasarlo bien. Pero a él esas conversaciones no le agradaban y decidió no casarse nunca con nadie.

Prefirió,  desde ese momento, dedicarse en cuerpo y alma al trabajo de escultor. Con sus manos esculpía, como por arte de magia, las más bellas estatuas.

Una mañana tuvo una brillante y feliz idea que colmó de alegría su corazón: esculpiría la imagen de su tan adorada  Afrodita. Dicho y hecho. Esculpió la estatua y ni el propio Pigmalión se creyó que fuera tan perfecto. Acabada la estatua se quedó maravillado ante ella y deseaba que fueran amigos. Día a día crecía su amor por ella y la adornó con espléndidas joyas  y coronas y collares de flores.

                      Y llegó el día de la fiesta de Afrodita. De todos los lugares acudían  a llevar ofrendas  al templo. Pigmalión  no faltó a la celebración y allí decidió  hablar  con la diosa.  Se acercó al altar de la diosa humeante de incienso y también le hizo una ofrenda.

Se arrodilló  a sus pies y le hizo una petición:

-¡¡Oh bella diosa, dulce amiga¡¡  Tú que lo puedes todo, atiende a mis súplicas: Quiero que mi estatua cobre vida.

Comprendió Afrodita lo que quería decir Pigmalión y le mandó un presagio favorable: por res veces ardió la llama en el altar de la diosa y se elevó por el aire.

Tras su petición, Pigmalión volvió a casa, plácido de espíritu, tranquilo. Besó las manos  y la frente de la estatua…pero continuaba fría como un témpano de hielo. Más tarde, cansado y triste, se durmió a sus pies. Soñó que estaba viva y que le hablaba acariciándole las manos y pasó algo extraordinario.  Esta vez  cambió todo.

 El marfil de la estatua parecía fundirse. Al tocarla, sintió vida y le recorrió un escalofrío por todo su cuerpo. Unas manos tocaron su cabeza. Pigmalión se desveló y se puso ante la estatua. Adormecido y con los ojos entrecerrados vió  aparecer  a  Afrodita y le dijo:

- Pigmalión, mereces la felicidad más que nadie. Ante ti tienes lo que tanto deseas. Cuídala como el  tesoro más grande que puedas poseer.

 Ya no tendría que soñar más.

La felicidad de Pigmalión ya no era un sueño. Es la más dulce y bella de las realidades.

Por eso, debemos desear con fuerza las cosas, sólo de esa manera se harán realidad.

               LA ESTATUA DE PIGMALIÓN

AULA HOSPITALARIA DE SANTA LUCÍA-CARTAGENA

La caja de Pandora

Laura Celdrán y Engracia Robles

 

 

                                  



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